L.C.D.A.

abril 28, 2007

AKKO

Filed under: General — tale0 @ 11:29 am

ATREVERSE A SALTAR

 

Atreverse a saltar. Sin saber lo que hay debajo. Sin la seguridad del suelo bajo nuestros pies. Sin saber cuanto durará la caida, ni si durará. Saltar para sólo vivir la caida.

Qué envidia me dan los que se atreven a saltar.

abril 22, 2007

Ordenanza Municipal 2003/1222

Filed under: General — tale0 @ 8:32 am

CANIS LUPUS

 

Soy el descendiente de una estirpe de cazadores legendarios.

Mis antepasados dominaron las estepas y los bosques gracias a su fuerza, su disciplina y su astucia. Ninguna presa era capaz de escapar de ellos.

Hasta que se encontraron con otro cazador mucho más fiero y cruel.

Y contra él eran incapaces de enfrentarse.

 

Así es que se aliaron con ellos. Llegaron a un pacto. Nosotros les ayudaríamos a vigilar y a cuidar  sus rebaños. A cambio ellos nos alimentarían y cuidarían.

A lo largo de las generaciones hemos ido cambiando. Ya tenemos poco de nuestros antepasados cazadores. Desde que nos sometimos, hemos ido perdiendo nuestra fuerza y nuestra bravura. En realidad no hacemos otra cosa que acompañarles.

Ellos por su parte se han vuelto más crueles y todavía más fuertes. Son para nosotros auténticos dioses. Señores de la vida para quienes no dudaríamos ni un instante en aceptar cualquier orden.

Hoy lo ha vuelto a hacer. Ese ser todopoderoso a quien obedezco. Que es capaz de conseguir alimento sin ni siquiera ir a cazar, de encontrar cobijo en cualquier sitio, de dominar esas increíbles bestias de metal. A quien he tenido que convencer para que me acompañase a aliviarme porque ya no aguantaba más.

 

Ese ser de inmenso poder ha vuelto a hacer algo tan humillante como agacharse para recoger mis excrementos aún calientes de la calle y almacenarlos en esas cajas donde los coleccionan.

 

Nunca entenderé a los humanos.

 

abril 7, 2007

Wargame

Filed under: General — tale0 @ 9:50 am

RITOS INICIATICOS 

   

¡Esta juventud de hoy no tiene conciencia del peligro!

La historia: 

Cada vez que oigo esta frase me viene a la cabeza una historia de juventud que me contaba mi padre. Mi padre tenía ocho años cuando le cogió el inicio de la Guerra Civil en Barcelona. Según avanzó el conflicto y al haber sido movilizados tanto mi abuelo como su hermano mayor y a raíz de los catastróficos bombardeos aéreos sobre la ciudad en marzo de 1938, la familia decidió enviarlo al campo donde vivía una de sus tías. En aquella zona de la Costa Brava había muchas carencias, pero al menos y a diferencia de lo que pasaba en la ciudad, no les faltaba comida.

Así es que fue por aquellos parajes del Baix Empordà donde conoció el final de la Guerra y los primeros años de la posguerra. Como que los chavales del pueblo no tenían demasiadas cosas con las que entretenerse, se dedicaban a organizar juegos entre ellos tal y como se ha hecho siempre.

El juego:

El juego consistía en buscar un claro despejado en el bosque donde amontonar madera y ramas para encender una hoguera. Aquella zona no conoció más hechos de armas que algunos bombardeos navales por parte del crucero Canarias y el paso de un ejército republicano derrotado cubriendo la salida de las columnas de refugiados hacia el inicio del exilio en las playas de Argelès. A pesar de ello eran muy abundantes los depósitos de material de guerra, pertrechos y munición abandonados.

Así es que una vez preparada la pira de lo que iba a ser la hoguera, cada chico aportaba su botín con el que aderezarla. La mayor parte eran cartuchos de fusil máuser y balas de pistola. Algún cartucho de ametralladora pesada era un apreciado condimento adicional. Una bomba de mano era un trofeo demasiado valioso para desperdiciarlo en aquel juego.

Cuando todo estaba preparado, los chicos prendían fuego a la hoguera y se situaban en círculo alrededor. La regla de honor indicaba que había que quedarse quieto en su sitio, mirando al fuego hasta oír la primera detonación. A partir de ese momento ya se podía salir corriendo en busca de refugio, esperar a cubierto que todo pasara para desaparecer rápidamente antes de la llegada de la pareja de la Guardia Civil investigando qué había sido aquella ensalada de tiros.

Imagino a mi padre como al resto de los chavales mientras la hoguera luchaba por cobrar fuerza. Llevando en silencio durante minutos interminables su lucha interna entre el instinto que dictaba órdenes directamente a las piernas para salir de allí, desaparecer, sobrevivir a cualquier precio y el cerebro frenando esos impulsos, consciente de que un solo instante de debilidad no tendría penitencia posible y representaría una deshonra inconcebible. Una yugo insostenible para continuar la existencia en aquel lugar.

Según me explicó, de todas las veces que jugaron, nunca nadie abandonó su lugar antes de tiempo. Tampoco nadie resultó herido.

¡Si es que esta juventud de hoy no tiene conciencia del peligro!

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